Lo que podemos aprender de Ramón y Cajal: el maravilloso poder de la atención prolongada

Obviamente me refiero además de a tener más respecto por la ciencia, ser una persona íntegra y poder sentirnos orgullosos de compatriotas que se mueven mejor entre probetas que entre pelotas.

Santiago Ramón y Cajal no sólo fue un gran científico, además pertenecía a esa estirpe, hoy día en franca decadencia, de hombres capaces de llevar sus conocimientos más allá del marco de la disciplina concreta que practican y aplicarlos en otras áreas. Se les llamó "intelectuales", y aunque nunca lo suficiente, en ocasiones se les escuchaba.

Ramón y Cajal, además, escribía muy bien. De hecho, el texto que he incluido, aunque procede de su discurso de ingreso en la Real Academia de las Ciencias, lo encontré por primera vez en la antología "Las mejores páginas de la lengua castellana" (edición de José Bergua).

Se trata de un ensayo sobre los fundamentos racionales y condiciones técnicas de la investigación biológica, pero como ya he dicho, muchos de sus párrafos pueden aplicarse a cualquier actividad humana, incluida por supuesto la del emprendimiento empresarial. ¿O no han oído hablar de eso de "enfocarse"?

Así lo explica el maestro:

Casi todos los que dudan de sus propias fuerzas ignoran el maravilloso poder de la atención prolongada. Esta polarización cerebral, sostenida durante meses en un cierto orden de percepciones, afina el entendimiento, y condensando, como en un foco, toda la luz del pensamiento sobre el nudo del problema, permite descubrir en éste relaciones inesperadas. Diríase que el cerebro humano goza, como la placa fotográfica, de la virtud de impresionarse (a condición de prolongar suficientemente el tiempo de exposición) por los más tenues resplandores de las ideas. A fuerza de horas, una placa situada en el foco de un anteojo dirigido a las estrellas, llega a revelar astros tan lejanos, que el telescopio más potente es incapaz de mostrarlos: a fuerza de tiempo y de atención, el cerebro llega también a percibir un rayo de luz en las negruras del más abstruso problema.
Durante esta larga incubación intelectual, el investigador, a la manera del sonámbulo, que sólo oye la voz de su hipnotizador, no ve ni considera otra cosa que lo relacionado con el objeto de estudio: en la cátedra, en el paseo, en el teatro, en la conversación, hasta en la lectura meramente artística, busca ocasión de intuiciones, de comparaciones y de hipótesis, que le permitan llevar alguna luz a la cuestión que le obsesiona. En este proceso mental, precursor del descubrimiento, nada es inútil: los primeros groseros errores, así como las falsas rutas por donde la imaginación se aventura, son necesarios, pues acaban por conducirnos al verdadero camino, y entran, por tanto, en el éxito final, como entran en el acabado cuadro del artista los primeros informes bocetos. Cuando se reflexiona sobre esta curiosa propiedad que el hombre posee de cambiar y perfeccionar su actividad mental con relación a un objeto o problema profundamente meditado, no puede menos de sospecharse que el cerebro, merced a su plasticidad, evoluciona anatómica y dinámicamente, adaptándose progresivamente al problema o materia de la atención. Esta superior organización adquirida por las células nerviosas determina lo que yo llamaría talento especial o de adaptación, y tiene por resorte la propia voluntad, es decir, la resolución enérgica de conformar nuestro entendimiento a la magnitud del asunto. En cierto sentido no sería paradójico decir que el hombre que plantea un problema no es enteramente el mismo que lo resuelve: por donde tienen fácil y llana explicación esas exclamaciones de asombro en que prorrumpe todo investigador al considerar lo fácil de la solución tan laboriosamente buscada. ¡Cómo no se me ocurrió esto desde el principio!, exclamamos. ¡En qué pensaba yo que no vi el descamino por donde la imaginación me conducía!

Si quieres leer el discurso completo puedes descargarlo en PDF.

Marketing Positivo, Actualizado en: martes, octubre 16, 2012